
Había una vez, en un jardín de esmeralda y oro, donde el sol bordaba susurros de luz entre las hojas, un pavo real de largas plumas azuladas llamado Luzbel. Cuando desplegaba su cola, parecía que el cielo entero se reflejaba en él, pero Luzbel no se sentía hermoso.
Cada mañana, al caminar junto al río, veía a Brisa, una colibrí de alas irisadas que danzaba con el viento, dejando destellos de arcoíris a su paso. Más allá estaba Zafiro, un faisán de fuego y zafiro que resplandecía con destellos que parecían atrapados del crepúsculo.
Luzbel miraba su reflejo en el agua y suspiraba. Sus plumas, aunque bellas, no parecían tan especiales.
—Si tuviera las alas de Brisa y los colores de Zafiro, entonces sí sería hermoso —murmuró.
Una noche, cuando la luna bordaba hilos de plata en el cielo, Luzbel ideó un plan. Caminó con sigilo entre los árboles, recogiendo plumas caídas.
Una pluma dorada de Zafiro aquí, una pluma tornasolada de Brisa allá.
Con paciencia, las entrelazó entre sus propias plumas.
Cuando el sol despertó, Luzbel caminó orgulloso al claro del bosque. Su cola estaba llena de colores que no eran suyos, un tapiz de reflejos robados.
—¡Miren qué bello soy ahora! —exclamó, desplegando su nueva cola.
Pero Brisa y Zafiro no sonrieron. Había algo extraño en Luzbel. Su reflejo en el río se veía borroso, como si su forma se desdibujara.
—¿Eres tú, Luzbel? —preguntó Brisa, ladeando la cabeza.
—No pareces tú mismo —añadió Zafiro.
El corazón de Luzbel tembló. Se apresuró hacia el Espejo del Viento, el lago más claro del bosque, que solo reflejaba la verdad.
Cuando se asomó sobre sus aguas, su imagen lo sorprendió: en lugar de un pavo real majestuoso, vio un revoltijo de colores ajenos. Sus plumas se veían pesadas y apagadas.
E

l viento sopló con suavidad, y Luzbel sintió que algo caía. Las plumas que no eran suyas comenzaron a desprenderse una a una, deslizándose sobre el agua como hojas de otoño.
Cuando la última pluma falsa cayó, Luzbel volvió a mirarse en el lago. Allí estaba él, entero, único, radiante como el cielo antes del amanecer.
Ese día comprendió que cada belleza es distinta, y en su diferencia, brilla su verdad.
Desde entonces, cuando Luzbel desplegaba su cola, ya no la comparaba con la de nadie más.
Sabía que no necesitaba los colores de otros para ser especial. Su luz siempre había estado en él, solo necesitaba aprender a verla.